¿HABLAMOS DE DUELO? Por María de los Angeles CASIELLO

¿Quién no ha vivido un duelo? ¿Quién no se ha mudado y ha tenido que dejar atrás miles de recuerdos? ¿Quién no se enfrentado en alguna etapa de la vida al miedo a crecer, a madurar o envejecer e incluso a morir? ¿Quién no ha vivido un desamor, una separación o una ruptura? ¿Quién no ha tenido miedo al abandono, a la soledad…? ¿Quién no ha tenido que afrontar una enfermedad crónica, un diagnóstico inesperado?.. Podríamos seguir enumerando así situaciones de DUELO.

Y para colmo de males, desde pequeños nos enseñan a reprimir algunas de nuestras emociones, un claro ejemplo de ello es el famoso dicho “los hombre no lloran”, “no llores, no es nada”…cómo si llorar fuera un signo de debilidad, o algo prohibido. Llorar es una forma más de expresar en este caso el dolor que sentimos por una pérdida. Todas las emociones que reprimimos nos enferman. Así que como decía Antonio Gasalla: “Marta si queres llorar llorá.”

Porque llorar no sólo implica un desahogo emocional, sino también la liberación de toxinas de nuestro organismo. Es un proceso fisiológico que sirve para reducir el estrés que estamos experimentando. El contener las lágrimas aumenta nuestro malestar que se traduce en tensión física y psíquica.

Podemos definir el “duelo cómo la reacción normal ante una situación de pérdida”. La Asociación Internacional para el estudio del dolor lo define diciendo: “experiencia sensorial y emocional desagradable y que se asocia a una lesión real o potencial de los tejidos o que es descrita como tal por el paciente (…) el dolor es subjetivo. Cada individuo aprende a aplicar el término según sus experiencias (Ester Varas Doval, 2013)”.

Al decir que el DOLOR ES SUBJETIVO, se deja en claro en que existen tantas formas de duelo como personas. No hay dos personas que vivencien de la misma forma las pérdidas que vamos teniendo en el transcurso de la vida.

“El duelo es el doloroso proceso normal de elaboración de una pérdida, tendiente a la adaptación y armonización de nuestra situación interna y externa frente a una nueva realidad. Elaborar el duelo, significa ponerse en contacto con el vacío que ha dejado la pérdida de lo que no está, valorar su importancia y soportar el sufrimiento y la frustración que comporta su ausencia (Ester Varas Doval, 2013)”.

Son múltiples el cúmulo de emociones que nos pueden aflorar desde la tristeza, el enfado, la ansiedad, la culpa, la impotencia, el alivio…debemos darnos permiso para aceptarlas y poder expresarlas.

También nuestro físico, se expresa en forma congruente con nuestras emociones, reflejando por ejemplo sensaciones de fatiga, debilidad o tensión muscular, opresión en el pecho o en la garganta, el nudo en el estómago, dolores de: cabeza, nuca, espalda, dolores de…., pérdida de apetito, etc.

Nuestra actitud y nuestros pensamientos, influyen en la forma en que elaboramos el Duelo, así como nuestra capacidad para identificar y poner nombre a nuestras emociones.

Siguiendo a Ester Varas Doval, 2013, diremos que “La emoción es un sentimiento producido por un pensamiento que conduce a respuestas biológicas, psicológicas y conductuales. Su reconocimiento y liberación producen alivio”.

Las emociones negativas, como la tristeza, el miedo, la ira, el asco, son indispensables para nuestra supervivencia. Son tan necesarias como las emociones positivas. Y en situaciones de duelo, generalmente abundan más las primeras que las segundas.

Variables a tener en cuenta: El vínculo (padre, hijo, amigo, conocido); las circunstancias (accidente, enfermedad, sorpresa…); la capacidad de adaptación ante situaciones adversas o estresantes (tipos y rasgos de personalidad); factores sociales (apoyos sociales, soledad, aislamiento, etc.)

No hay recetas sobre cómo afrontar el Duelo, pero sí debemos tener en cuenta que es importante aceptar y reconocer nuestras emociones, poder ponerlas en palabras, no reprimir nuestra tristeza y dejar aflorar las lágrimas. Buscar apoyos, evitar el aislamiento y permitirse sentir emociones negativas. No anclarse en el dolor, evitar la rumiación y dejarse ayudar. Que así como hay un tiempo para llorar, hay un tiempo para ir dejando entrar la luz del afecto y la alegría de vivir sin miedo a sentir.

Tengamos presente que sólo sienten dolor las personas que han amado y esto es un privilegio reservado a los amantes de la vida.

¿Quién no ha vivido un duelo? ¿Quién no se ha mudado y ha tenido que dejar atrás miles de recuerdos? ¿Quién no se enfrentado en alguna etapa de la vida al miedo a crecer, a madurar o envejecer e incluso a morir? ¿Quién no ha vivido un desamor, una separación o una ruptura? ¿Quién no ha tenido miedo al abandono, a la soledad…? ¿Quién no ha tenido que afrontar una enfermedad crónica, un diagnóstico inesperado?.. Podríamos seguir enumerando así situaciones de DUELO.

Y para colmo de males, desde pequeños nos enseñan a reprimir algunas de nuestras emociones, un claro ejemplo de ello es el famoso dicho “los hombre no lloran”, “no llores, no es nada”…cómo si llorar fuera un signo de debilidad, o algo prohibido. Llorar es una forma más de expresar en este caso el dolor que sentimos por una pérdida. Todas las emociones que reprimimos nos enferman. Así que como decía Antonio Gasalla: “Marta si queres llorar llorá.”

Porque llorar no sólo implica un desahogo emocional, sino también la liberación de toxinas de nuestro organismo. Es un proceso fisiológico que sirve para reducir el estrés que estamos experimentando. El contener las lágrimas aumenta nuestro malestar que se traduce en tensión física y psíquica.

Podemos definir el “duelo cómo la reacción normal ante una situación de pérdida”. La Asociación Internacional para el estudio del dolor lo define diciendo: “experiencia sensorial y emocional desagradable y que se asocia a una lesión real o potencial de los tejidos o que es descrita como tal por el paciente (…) el dolor es subjetivo. Cada individuo aprende a aplicar el término según sus experiencias (Ester Varas Doval, 2013)”.

Al decir que el DOLOR ES SUBJETIVO, se deja en claro en que existen tantas formas de duelo como personas. No hay dos personas que vivencien de la misma forma las pérdidas que vamos teniendo en el transcurso de la vida.

“El duelo es el doloroso proceso normal de elaboración de una pérdida, tendiente a la adaptación y armonización de nuestra situación interna y externa frente a una nueva realidad. Elaborar el duelo, significa ponerse en contacto con el vacío que ha dejado la pérdida de lo que no está, valorar su importancia y soportar el sufrimiento y la frustración que comporta su ausencia (Ester Varas Doval, 2013)”.

Son múltiples el cúmulo de emociones que nos pueden aflorar desde la tristeza, el enfado, la ansiedad, la culpa, la impotencia, el alivio…debemos darnos permiso para aceptarlas y poder expresarlas.

También nuestro físico, se expresa en forma congruente con nuestras emociones, reflejando por ejemplo sensaciones de fatiga, debilidad o tensión muscular, opresión en el pecho o en la garganta, el nudo en el estómago, dolores de: cabeza, nuca, espalda, dolores de…., pérdida de apetito, etc.

Nuestra actitud y nuestros pensamientos, influyen en la forma en que elaboramos el Duelo, así como nuestra capacidad para identificar y poner nombre a nuestras emociones.

Siguiendo a Ester Varas Doval, 2013, diremos que “La emoción es un sentimiento producido por un pensamiento que conduce a respuestas biológicas, psicológicas y conductuales. Su reconocimiento y liberación producen alivio”.

Las emociones negativas, como la tristeza, el miedo, la ira, el asco, son indispensables para nuestra supervivencia. Son tan necesarias como las emociones positivas. Y en situaciones de duelo, generalmente abundan más las primeras que las segundas.

Variables a tener en cuenta: El vínculo (padre, hijo, amigo, conocido); las circunstancias (accidente, enfermedad, sorpresa…); la capacidad de adaptación ante situaciones adversas o estresantes (tipos y rasgos de personalidad); factores sociales (apoyos sociales, soledad, aislamiento, etc.)

No hay recetas sobre cómo afrontar el Duelo, pero sí debemos tener en cuenta que es importante aceptar y reconocer nuestras emociones, poder ponerlas en palabras, no reprimir nuestra tristeza y dejar aflorar las lágrimas. Buscar apoyos, evitar el aislamiento y permitirse sentir emociones negativas. No anclarse en el dolor, evitar la rumiación y dejarse ayudar. Que así como hay un tiempo para llorar, hay un tiempo para ir dejando entrar la luz del afecto y la alegría de vivir sin miedo a sentir.

Tengamos presente que sólo sienten dolor las personas que han amado y esto es un privilegio reservado a los amantes de la vida.

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